Mastectomía

Apenas puedes deletrear la palabra, la hayas escuchado antes o no, precisamente porque no figuraba en tu día a día, y si la conoces, seguramente es porque la vivió alguien cercano a ti, o porque has leído sobre el tema o escuchado en televisión. Pero esta vez se trata de ti.

Así que estás ahí, sentada en el consultorio frente a tu médico, y te explica en qué consiste tu cirugía, menciona partes de tu cuerpo que no sabías ni que existían, ¿ganglios?, te dice cómo debes prepárate para el quirófano (probablemente nunca has entrado a uno), te explica los cuidados después de la cirugía ¿Linfe qué?, menciona el uso de los drenes (si, las “mangueritas” ), y hace referencia al uso de prótesis (¿Acaso imaginaste una dentadura falsa, no eres la única). Sin embargo, su conocimiento te hace saber muy en el fondo, que estarás bien. Finalmente programa tu cirugía para dentro de dos semanas.

¡¿Qué?!
Es correcto. Te quitarán una mama, o ambas. Prácticamente ¡Mañana!

Y a pesar de toda la información, y aunque sabes que es parte fundamental de tu tratamiento, sin importar si te tocó antes o después de la quimio, no logras comprender por qué te tienen que quitar una parte del cuerpo, una parte de ti.

Lloras, maldices, te afliges, te rehúsas, quieres que el tiempo se detenga. Sientes una profunda tristeza por tu pérdida, porque crees que después de la cirugía ya no hay vuelta atrás, crees que ya no estarás completa, que ya no serás atractiva, que será motivo de vergüenza. Es perfectamente normal. Experimenta esas emociones, es necesario que las expreses.

Si lo necesitas, despide tu mama con unas palabras, una carta o un ritual personal. Tómate una foto con tu prenda favorita o esa foto que siempre quisiste y a la que no te atrevías. Quizá esto te ayude a aceptarlo, o quizá sólo te provea de un momento de paz.

Llegó el día, te encuentras ante lo inevitable. Tu familia, tu pareja y tus amigos, te brindan los mejores deseos, en persona o por mensaje.

Entras al quirófano. El cirujano te dice que estés tranquila, y mientras te ponen la anestesia te pide que respires. Respira también con el corazón. Confía, estas en las mejores manos. Despiertas, te sientes un poco confundida, pero también te sientes orgullosa por tu valentía, aún si pensabas que no la tenías. Haz dado otro gran paso hacia tu recuperación.

Es normal que después de este capítulo te sientas rara, diferente, finalmente lo estas. La extrañas. En el espejo no te reconoces, ya sea porque no puedes o no quieres (todavía). Ten paciencia, estás ante un duelo, y es necesario que lo trabajes con un especialista, para que con el tiempo, puedas aceptar tu nueva imagen; tal vez adquiera un significado diferente, tanto la experiencia como esa parte de tu cuerpo que la enfermedad tomó.

Lo más importante es que aprendas que tú no dejas de ser tú, solo porque algo falte.